martes, 9 de agosto de 2011

Nuevo proyecto.

Antes que nada debo decir que he estado mucho, muchísimo tiempo sin escribir NADA. Falta de inspiración, falta de ganas, falta de todo. Sin embargo llevo poco menos de un mes totalmente metida en un NUEVO PROYECTO, que de momento no tiene nombre. Quiero que llegue a novela, aunque no sé si llegará. Por el momento os dejo un trocito del primer borrador del segundo capítulo que espero, os guste.



Durante la comida Rosa y Leo no intercambiaron ni una sola palabra. Desde muy pequeños se habían acostumbrado a comer en silencio y tener profundas conversaciones después. Leo masticaba y pensaba en su futuro. En su futuro en soledad. Se decía a si mismo que era joven y tenía el mundo a sus pies, pero lo cierto era que su corazón ya no era tan joven, ya no le quedaban tantas oportunidades. Con cada ruptura, su corazón se hacía más pequeño. Encogía y por lo tanto quería menos o quizás quería igual pero con menos intensidad. Lo que estaba claro era que cada vez que pasaba por aquello y luego volvía a enamorarse no lo hacía de la misma forma y se daba cuenta, apenado, de que sus mejores años ya habían pasado. Que nunca volvería a sentir el amor a flor de piel, no cualquier tipo de amor. Se refería al primer amor. Aquel que te ensancha las ganas de vivir, te recubría de sonrisas y te saciaba por completo. El que le daba sentido a la vida.
Por su parte, Rosa pensaba casi en lo mismo que su hermano. Ni siquiera estaba interesada en su propia vida, se limitaba a vivir a través de él. Sentía cuando él amaba, lloraba cuando a él lo destrozaban. Tenían un vínculo tan especial que no era de extrañar que ambos percibiesen lo que sentía el otro. Cosas de mellizos. Rosa podía sentir el miedo que desprendía su hermano por cada poro de su piel, como ese miedo se metía en su cuerpo. Y de pronto, comenzó a llorar.
Nunca jamás había visto llorar a su hermana, si lo hacía nunca delante de alguien y menos delante de él. Leo no sabía cómo reaccionar. Antes de que pudiese hacer nada por ella, Rosa se enderezó, se sacudió las lágrimas, se tragó los sentimientos y reanudó su tarea.
Cuando ambos terminaron sus platos se miraron. Leo seguía enmudecido, así que Rosa comenzó la conversación:
- No me mires así- le reprendió su hermana ante la atenta mirada de Leo.- A veces las chicas lloramos- explicó.
- No es eso, es que nunca en mis veintiséis años de vida- dijo Leo.
- Nuestros veintiséis años de vida- le corrigió ella, sonriendo.
- Eso- coincidió.- Nunca te había visto llorar.
- A veces las emociones se agolpan dentro de mi y no puedo controlarlas, pienso en ti y en mi y no puedo contenerme- musitó Rosa mirando hacia su plato vacío, como su vida.
Leo asintió dándole la razón por completo. A veces el lazo que los unía era tan imponente que no podía soportarse.
- Tienes que rehacer tu vida, volver a ilusionarte- dijo ella. Le cogió ambas manos por encima de la mesa y cerró los ojos. Toda la fuerza que almacenaba en su interior traspasó lentamente, como por arte de magia hasta el cuerpo de su hermano, llenándole el alma, recomponiendo los trocitos de amargura que inundaban su vida.
- ¡Para!- exclamó Leo, sabiéndose las intenciones de su hermana. Ella no sólo era fuerte psicológicamente, también lo era físicamente así que cuando intentó desprenderse de sus manos no lo consiguió. La miró con cara de pena, pero ella no pudo verle. Cuando por fin se soltaron las manos Rosa abrió los ojos, estaban vidriosos apunto de desbordarse. Leo le dio las gracias articulando con los labios y ella se sintió bien y mal al mismo tiempo.


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