domingo, 24 de abril de 2011

Monstruosidad.

Recuerdo una mañana de esas que sientes tanto odio hacia ti misma que decides destruirte. No hay otra solución. Te despiertas con la idea clara, casi cristalina de que eres odiosa. Piensas sobre tu vida y tus decisiones, llegas a la conclusión de que todavía no has llegado a la última parada de tu pesadilla particular. Que no has tocado fondo en tu maléfico plan.
Entonces es cuando decides que debes ir a la cárcel, para tener una experiencia de verdad. Necesitas sufrir para saber lo que es vivir. Aunque ya hayas sufrido, nunca será suficiente, siempre vendrá algo peor. Te preparas para el dolor.
¿No es acaso lo mismo vivir que sufrir? El sufrimiento es el sentimiento más humano, lo que nos hace reales. Lo que nos hace sentir vivos. El sufrimiento es lo que nos conecta en una extensa red de sentimientos entre desconocidos. El sufrimiento. Entre otros sentimientos.

Pues bien. Me levanto esa maldita mañana con la idea de entregarme a la policía. Recuerdo la ropa que llevaba, recuerdo el dolor de las cicatrices todavía recientes, el doloroso roce con la tela. El traje de chaqueta arrugado. Recuerdo que no hacía más de una semana que empezaba a crecerme una leve pelusilla color castaño claro por las mejillas y la barbilla.
La gente no me veía como un hombre, tampoco como una mujer. Lo que veían era un engendro sin definir. Una monstruosidad.
Y realmente así es como me sentía, como un monstruo asesino con un pene de quince modestos centímetros.

Llego a la comisaría y entro contoneando casi sin querer las generosas caderas. En el mostrador está el típico policía pringado y estúpido, con la cara grasienta y gafas de montura metálica –a primera vista, bastante caras- Y me pregunto si no será un poli corrupto. Él me mira a través de los cristales de sus gafas aparentemente caras, observa mi apariencia anodina y deforme, con la boca entreabierta. Puedo oler el café que bebió para desayunar y el puro habano que habría fumado mientras leía el periódico de hoy. Definitivamente, era un poli corrupto, probablemente poli-camello.
Pero no quise ahondar más en ello, había venido para hacer una confesión. Con el rostro completamente inexpresivo le miro a los ojos y le digo:
- He matado a alguien.
Sin rodeos, sin parpadear. Como si realmente lo hubiese hecho. El tío sigue mirando alternativamente la pelusilla de mi barba, la forma de mi cara, lo estrecha que tengo la espalda y lo anchas que tengo las caderas, finalmente intenta averiguar el tamaño de mi polla. Aquel palurdo cierra los ojos y se toca la boca en un ademán nervioso y pregunta:
- ¿A quién? ¿Dónde se encuentra el cadáver?
Parece subnormal. Con esos ojillos diminutos a través de las gafas caras, intenta adivinar mi sexo.
Yo le digo, con un atisbo de sonrisa traviesa, le digo:
- Lo tiene delante, señor.
Sólo le dio tiempo a responderme un tímido “¿Me está tomando el pelo?” antes de verme salir corriendo. Me arrepentí en el preciso instante en el que vi su cara y su tristeza.
Pero es la verdad, me he asesinado a mi misma. Maté a la mujer que era durante veintiocho años.
De mi antiguo yo, sólo quedan restos físicos y recuerdos no muy nítidos. Mentiras. Historias que pueden ser reales o puede que no lo sean, vivencias reales que parecen sueños y sueños que no significan absolutamente nada.

Está bien. Esto no ha ocurrido, nunca. Es una historia más, una mentira más de toda mi colección. Conscientemente o no es una mentira sobre mi vida real, una mentira a medias. Porque es como me siento, como una asesina de mi propio cuerpo. A medio acabar, eternamente inhumana. Y mentirosa compulsiva. Y locamente enamorada.