sábado, 19 de febrero de 2011

Amaba sufrir a gritos.

Era una chica a la que le gustaba sufrir. Se dejaba golpear el alma con los puños de hierro de él. Cuando discutían una sonrisa se encendía en su interior, pensando en la oportunidad que tenía de arrastrarse ante él y dejar que su dignidad se hiciese cada vez más pequeña. Cuando la miraba con el odio azul de sus ojos, a ella le daba un vuelco el corazón. Sus reproches alimentaban la trama. Se decía que era puro teatro. Se creía una gran actriz. No, no es que fuera una gran actriz. Le gustaba tener que llorar a lágrima viva, surcando en sus entrañas para buscar lo poco que quedaba de razón entre sus neuronas. Decía que comía todo lo que le ponían en el plato, pero se le colaban las penas entre las costillas. Dolía mucho verla así y tener que fingir que no importaba verla sufrir de esa manera.
Él se enfada por una tontería diminuta, ella crea un acto perfecto, hace una actuación magnífica de novia herida y desconsolada. Vive para él. Su puta esclava.
Ella, la princesa digna de cuento de hadas. Aquélla que enamoraba a los chicos con sólo una mirada o una sonrisa pícara. Esa chica joven, tan digna y sofisticada. Nunca había probado el sabor de una polla. Le gustaba decir que ella no hacía esas cosas. Era su orgullo. Le repugnaba y no se sentía capaz. Hasta que le conoció a él, claro.
Ahora, con el estómago lleno de esperma y amargura. Con la piel magullada por su mano dura. El corazón derruido por palabras atómicas, descansa intranquila en su cama vacía, esperando al amor de su vida. Por que le hace sufrir, sólo porque le hace sufrir. Y así sabe que al menos puede llegar a sentir algo.
Confunde amor con odio, piensa que cada bofetada es un te quiero. Le dala vuelta a la trama de su vida. Cuando él no la deja ver a sus viejas amistades, piensa que es amor y no posesión. Cuando él la viste de hombre y le roba el maquillaje, ella dice que es porque la quiere demasiado. Los celos le corroen y ella, adicta a las sustancias corrosivas, deja que el ácido de sus pensamientos la envuelvan.
No, no es la misma chica que conocí hace catorce años atrás. Y mientras espero con impotencia a que abra los ojos y se de cuenta de todo este teatro absurdo está acabando con su vida, que acabará por convertirse en polvo y volar muy lejos de aquí.