lunes, 29 de noviembre de 2010

Un sentimiento indescriptible.

Siempre ha tendido a actuar de una forma extraña cuando se enamoraba. Lo más sorprendente es que esa peculiaridad pasaba desapercibida, impune, ante sus amantes. Sus parejas no se daban cuenta hasta que era demasiado tarde y se hallaban con un boquete del tamaño de un puño entre sus pechos. Demasiado tarde, se decían cuando estaban al borde de la muerte y sin embargo, la amaban hasta su último aliento. Porque sí, porque eso era verdadero amor.
Mientras ella dormía, después de haberla sometido, esclavizado en la cárcel de su cuerpo, mostrándole sus más arduos deseos, pensaba si podría soportar una vida sin ella. Y si ella viviría más de dos minutos seguidos sin esa masa carnosa que bombeaba por las dos. La miraba respirar, le gustaba hacerlo. Tranquila, por una vez, pasiva, dejándose sumergir en una cálida duermevela entre sábanas calientes y jadeos acompasados.
Pecaba de romántica. Recitándole poemas al oído mientras le hacía el amor o el desamor. Se imaginaba a ella misma, sosteniendo entre sus manos su corazón, estrechándolo contra su pequeño cuerpo, ahogándose en las lágrimas de amor.
Le susurraba frases bonitas o le cantaba canciones en voz muy bajita, que a ella en sueños la hacían estremecer.
La despertaba de esa manera tan suya, soplando despacito con los labios muy juntos, predispuestos a un cálido beso, empañando su piel con su aliento hasta llegar a su boca, que se torcía en una sonrisa de niña tímida. Esa sonrisa le hacía perder la cabeza. Y las mejillas se le encendían y la piel se le llenaba de pequeñas motitas rojas, del calor que desprendía su corazón todavía latente, todavía vivo. Por las dos. Porque el suyo estaba casi muerto, muy enfermo, muy delicado.
Observaba su cuello, adornado con labios amoratados impregnados de tequieros, que, en su día provocaron placer y que hoy, sólo son los restos de un cosquilleo latente y prodigioso que la recorre cada noche cuando duerme junto a ella.
La abrazaba y con la sonrisa todavía en sus labios, le imprimía un beso en la boca y hacía una copia perfecta de su sonrisa en su rostro.
Se miraban los cuerpos. Dos gotas de agua casi perfectas. Tan idénticas, tan diferentes. A una le gustaba que le acariciasen la piel de los brazos y hombros, a la otra, que recorriese sus muslos y su abdomen con las puntas de los dedos. A una le gustaba que la atasen a la cama, a la otra, que la mordiesen hasta hacerla sangrar.
A ambas les gustaba el silencio acompañado por gemidos y las ganas de quererse actuando de coro y el orgasmo como protagonista principal. Una forma de amarse más. Un teatro, una ópera, un concierto, un libro, una película, una canción. Nada podía describir lo que sentían las dos.

martes, 9 de noviembre de 2010

No es una asesina, solo un poquito rara.

Cuando la mira le gusta quedarse en silencio y relatar en su cabeza un sin fin de historias que desearía llevar a cabo pero por miedo a la realidad y a la crudeza del sexo no se atreve ni a nombrárselas.
Su mente se disparata, se retuerce en sueños sórdidos. La acaricia con las manos frías pero sin rudeza, casi con compasión. Todavía no se atreve a arrancarle el corazón, porque de algún modo ya es suyo y no le hace falta extirpárselo del pecho y guardarlo en sus tarritos de formol. Están vacíos. Sabe que no es una asesina. Sabe que lo que piensa está mal. Pero es una de sus rarezas, que no puede evitar.
Se la imagina con un gran agujero entre los pechos y le entran ganas de llorar. Por las noches le gusta oírla respirar y sin su corazón no podría entretenerse con esa respiración entrecortada que tan loca le vuelve. No podría oírla gritar ni sentir como su piel se llena de bultitos al contacto del frío de sus manos o cómo se pone colorada cada vez que se muerde los labios al verla desnuda.
Para evitar los malos pensamientos, dejaba volar la realidad y disfrutaba practicándole sexo oral.