viernes, 22 de octubre de 2010

Cuando una es tonta, lo es para toda la vida.

Me cuesta mucho mantenerte viva dentro de ese gran pedazo de masa latente que tengo por corazón. A veces pienso que en su lugar tengo una piedra que ni siente ni padeze, otras, que es un corazón demasiado real, literal. Que sufre y siente demasiado.
¿Merece la pena mantener el recuerdo?
Me niego a dejar que abandones mi mente. Dejo que gobiernes mis sentidos, porque mereces la pena, creéme, mereces la pena. Porque no quiero que te vayas, aunque ya te hayas ido. Dejaste un eterno hueco de tristeza dentro de mí. Un ruido ensordecedor que estremece mis sueños y congela mis sentidos.
Me robaste y reemplazaste mi corazón con tu aliento.

domingo, 10 de octubre de 2010

Un toque de mórbida locura.

Se la comía con los ojos, saboreando su imagen, dudando por vez primera de sus posibilidades.
La imaginaba desnuda, atada a la cama contemplando su húmeda mirada, degustando el sudor de su piel. La habitación oliendo a orgasmos y escuchando el eco de sus besos, la claridad de sus sueños.
La invitó a una copa, armándose de valor, se fijó en su lengua acariciando su boca y en como sus labios lamían el contenido del vaso. Deseó mordérselos, hacerla sangrar. Quería oírla gritar.
Quería verla amanecer en su cama y recorrerla con las manos, sentir su cuerpo estremecer bajo las yemas de sus dedos. Besar sus tobillos, cogerla de las manos mientras se retorcía de placer.
Acariciaría sus párpados, arañaría su piel. Sería su puta esclava hasta el amanecer.
Gastaría su vida con ella en esa cama, regalaría sus fuerzas, su esencia vital, a esos labios que la volvían loca.
Se enamoraría de ella esa noche para más tarde recordarla en las noches de insomnio en las que se pondría tan cachonda que no podría soportarlo. Se haría el amor durante toda la noche, hasta la extenuación. Hasta sentir como su cuerpo se entumecía y dormía. Plácido.
Pensándola, amándola. Sintiendo su cuerpo dentro, como un fantasma que atravesaba su piel, sus huesos y sus entrañas y se quedaba acurrucado, cerca de su corazón en una eterna duermevela.
Morirían de placer al unísono, se arrancarían la piel a mordiscos, gritarían hasta que la voz les fallase. Afonía mental.
Un hilo conductor de terminaciones nerviosas las uniría pasa siempre. Le robaría el corazón para guardarlo en un tarro, sumergido en formol. Para verlo mientras gritaba su nombre.
Ella se terminó la copa y le dio un beso que la dejó sin sentido. Se fue. No la volvió a ver.
Vive obsesionada con un sueño o una realidad, ya no sabe distinguir entre ficción y verdad mientras se masturba en una cama de hospital.