jueves, 22 de julio de 2010

¿¿En qué estabas pensando, Cupido??

El destino les unió, creando una fatalidad tras otra. Él un tirano cruel, ella una princesa en apuros que se aferró al tirano creyéndole un príncipe alado. Y era normal su confusión, pues el tirano tenía una apariencia tan angelical que nadie sospechaba que bajo esa apuesta máscara se encontraba el alma de un torturador y maltratador en potencia.
Él la colmó de palabras y actos en teoría desinteresados, actos que más tarde le serían recriminados a la princesa.
Ella, antes hermosa, se había convertido en la sombra de lo que solía ser. La angustia y el miedo a enfadar al tirano le habían hecho dejar de comer, dejar de vivir.
Él la manipuló hasta límites extremos, tanto que le hacía sentir que todo lo malo que pasaba entre ellos, era culpa de ella, cuando la culpa absoluta caía en los actos vandálicos del tirano.
Ella desperdiciaba su vida, sus oportunidades de encontrar a su verdadero príncipe, aquel que la hiciese llorar de alegría y no de amargura. Aquel que la tratase como lo que era, una princesa, aquel que la hiciese gozar de cada placer que nos da esta vida.
Él siempre fue un niño mimado, educado para ser un rastrero y sucio espécimen, proyecto de mini hombre. Adiestrado para hacer daño y provocar nauseas y dolor a todo aquel que tocaba. Siempre andaba metido en líos de drogas, siempre mentía y nunca había querido a nadie. Se regia por el código de elegir a víctimas sensibles y tristes, que necesitaban ser salvadas.



Vale, se acabó la historia y la prosa. Lo que tengo que decir lo voy a decir alto, claro y entendible para una mente pequeña y corta como la tuya.

Eres un imbécil arrogante que no se merece la suerte que tiene, no entiendo qué se le pasó por la cabeza a Cupido para hacer que ella se enamorase de una persona (si es que se te puede calificar de persona) como tú.
Nunca has sufrido porque has vivido entre algodones, no sabes lo que es la amistad porque nunca has tenido amigos de verdad y por supuesto, no sabes lo que es el amor porque nadie te ha enseñado a amar.
Si al menos fueses buena persona… pero nada más lejos de la realidad. Eres la persona más cruel que he conocido jamás y ojala ella abra los ojos pronto, antes de que acabes de consumir su vida y lo que queda, lo poco que queda de ella.
Ah sí, y te veré en el infierno y me encargaré de hacerte sufrir, pedazo de montón de mierda.

miércoles, 21 de julio de 2010

Locura

El primer síntoma fue cuando ella me contó que una chica estaba coqueteando con ella. Sentí una impotencia y una rabia al notar como se alejaba de mí que no supe controlarlo. Después se besaron y ya no había vuelta atrás. Dejé de comer, dejé de dormir y me pasaba los días llorando desconsolada, aforrándome a una historia irreal que me daba la vida y me la quitaba a la vez. Dicen que el amor te vuelve loca, te descoloca. Y es cierto, si no sabes dosificarlo.
Comencé a obsesionarme con la idea falsa de que si adelgazaba sería hermosa y bonita para ella y podría vencer la tentación que tenía de jugar a dos bandas. Fue inútil, pero aún asi dejé de comer, me convertí en una persona borde, llorona y muy susceptible. Mis amigos, en lugar de ayudarme me despreciaban y me sentía realmente sola. Aun así seguía enamorada de ella y le perdonaba todas sus puñaladas. Hasta que un dí abrí los ojos, vi que así no podía seguir que me estaba matando esa situación, que si realmente me quisiera, ella no me haría tantísimo daño.
Fue un viernes, cuando la llamé llorando a lágrima viva. Con un nudo en la garganta que no me dejaba respirar, suplicándole que no lo volviese a hacer que yo la amaba y me estaba matando. Ella me prometió que no lo volvería hacer, que no soportaba la idea de hacerme sufrir. Pero esa tarde lo hizo de nuevo y yo no lo soporté más.
Era el día de San Valentín cuando ella decidió dejarme para no hacerme más daño y poder ser libre.
Yo no supe soportarlo, toda mi felicidad, toda mi vida, se concentraba en ella y se había esfumado.

Con el tiempo he aprendido a no apoyarme en una sola cosa para ser feliz, porque si te falla no tienes con qué sostenerte cuando te quedas sin fuerzas para vivir.
Aun así recuerdo todas las lágrimas, todos los gritos. Todas las discusiones con mis padres, que no toleraban esa situación en la que yo sufría y ella no.
Todo el odio que sentía se ha esfumado ya. Y esa etapa de mi vida me ha hecho madurar y darme cuenta de cosas que había pasado por alto. La amistad, por ejemplo. Apreciar las pequeñas cosas que da la vida para poder sobrevivirla.
Aunque en su momento fue horrible, doy gracias por todo aquello.

lunes, 19 de julio de 2010

Cosas de vida y de muerte.

Nunca os he contado que yo no estaba destinada a vivir. Cuando nací, nací prematuramente y con muchas complicaciones respiratorias. Estuve a punto de morir, pero afortunadamente o por desgracia sobreviví aquella tarde. Tuve que estar interna casi dos meses en una incubadora de lo que pequeña y frágil que era, apenas llegué a pesar un kilo de bebé. Más tarde con unos meses estuve muy enferma, volví a estar cerca de la muerte, esta vez por desnutrición. Vomitaba todo lo que comía. Mi madre me contó que estaba azul y que no respiraba apenas cuando llegué al hospital de urgencia. Volví a vivir.
Quizás esas complicaciones se quedaron grabadas en mi subconsciente y por eso siempre tiendo a dejar de vivir más que a intentar sobrevivir.
Tal vez por eso siempre me ha maravillado la idea de dejar de existir en algún momento de mi vida. En esos en los que la vida se me hace tan complicada que no puedo con ella. De todas formas, estos episodios creo que me han hecho más fuerte.
Aún así, recuerdo con toda claridad cuando tenía 12 años y decidí que no quería vivir más y me propuse una fecha límite para intentar sobrellevar la vida como todo el mundo. A los 15 años era esa fecha límite. Estaba pasando por una muy mala racha en mi vida, me sentía sola y desesperada. Hice una tontería, y mis padres, lejos de preocuparse, lo dejaron pasar. Tal vez si en ese momento hubiese recibido la ayuda que realmente necesitaba ahora estaría hecha de otra pasta, pero no tuve esa opción y tuve que sobrevivir a la fuerza bruta de desengaños de la vida sin ayuda de nadie. Fue entonces cuando encontré refugio en los libros, la música y la escritura, que han sido una muy buena terapia.
Con el tiempo, me asustaba tanto la idea de vivir que no vivía. No sentía y no creaba recuerdos que me hiciesen seguir adelante. Probablemente esa etapa de mi vida es la consecuente de que yo no tenga casi amigos, sea un como hermitaña y tenga una personalidad extremadamente rara. Quién sabe, tal vez he vivido demasiado de cuentos y no entiendo qué es la realidad de la vida.
En todo caso, estos últimos tres años he vivido más que en toda mi vida. He conocido el amor y el desamor. He probado el sexo, las drogas. He experimentado la amistad más fuerte y el dolor más doloroso. Y eso me ha hecho despertar de mi trance y lanzarme al abismo que es la vida.
No me arrepiento de nada de estos tres años, sin embargo, me arrepiento muchísimo de haber tirado por la borda mi infancia y mi adolescencia y haberme convertido en adulta siendo tan solo una niña con cuerpo de mujer.

lunes, 12 de julio de 2010

Aunque parezca mentira, no lo he escrito pensando en ti, aunque ahora lo este haciendo.


Tumbada en la cama leía un libro en el que las palabras se le juntaban unas con otras y no se enteraba de nada. La esperaba, tenía una sorpresa y no podía esperar más para dársela. Ella estaba en el baño, poniendo en práctica el ritual de cada medianoche. Se lavaba la cara y se desnudaba, después se entretenía observando su rostro frente al espejo y acariciaba la piel de su cuerpo con las manos untadas de crema. Olía a miel y a almendras y tenía la piel más suave que había tocado jamás. Se obsesionaba tocándola y haciéndola estremecer. Se corría solo con oler su piel. Ella apareció en ropa interior, iluminada por la tenue luz de la lámpara que descansaba en la mesilla de noche. Se tumbó riendo en la cama y se acercó a mí. Me besó en los labios y me impregnó el sabor a dentífrico, acaricié su espalda sintiendo el placer recorrerme desde la punta de los dedos hasta el punto más caliente de mi cuerpo. Saqué las esposas y ella se dejó atar a la cama, sumisa y tierna.
Tumbada en la cama se dejó hacer. Sin dejar de gemir y retorcerse, dándome lo que a mí más me gustaba. Mojando la cama de saliva y sexo, llenando la habitación con sus orgasmos y mis fantasías. Le mordí los labios hasta llenar mi boca con su sangre y me fundí en ella, en su cuerpo hasta consumirme en mi propio agotamiento. Le hice el amor sin remordimientos, con juego sucio y palabras guarras. Le dije que la quería mirándole a los ojos. Le hice cosas innombrables, le pedí perdón por todas aquellas veces que la hice llorar con mi silencio y mi ausencia. La besé como nunca había besado a nadie, y esa noche la amé sin contemplaciones.
Tumbada en la cama duermo abrazada a su cuerpo, todavía caliente, todavía mío. Desnuda, complaciente. Cansada y satisfecha. Me acaricia el pelo con sus manos de niña y respira despacio para no despertarme. Pero no puedo dormir con ella desnuda a mi lado, no puedo pensar en otra cosa que no sea su cuerpo dentro del mío.