viernes, 11 de junio de 2010

Chiquitita.


Viernes. Soñé uno de esos reales, esos que al despertar sientes que han ocurrido de verdad. Me desperté con los lametones de mi cachorrita, Chica, pensando que era mi perra adulta (lo que más quiero en este mundo) Buffy. En el sueño, ella venía a mi cama y dormía conmigo, sólo eso.
Sábado. Abandoné mi casa con prisas y una extraña angustia que me atenazaba, no sé cómo explicarlo, pero sabía que algo malo iba a ocurrir. Pasé la noche entera sin dormir, desvelada entre pensamientos y sensaciones.
Domingo. Estaba triste, porque iba a separarme de una de las personas que más quiero, mi amigo Carlos, que se va a vivir a Londres. Camino de casa llamó mi madre, con voz serena, y me dice que tiene que darme una mala noticia. Miedo. Pensé en mis abuelos, pensé en Chica, pero mi madre no lloraba cuando me dijo que tenía que hablar conmigo. Pensé en mi padre. Estaba muy preocupada. Llego a casa. Lágrimas, silencio. “¿Dónde está Buffy?” Pregunto, temiéndome lo peor. Mi madre llora, mi tía llora. Mi padre no se levanta de la cama. “Se ha escapado” solloza mi madre. La odio. Con toda mi alma. Dolor. Me muero. Cojo las llaves y salgo corriendo a buscarla. Lloro, lloro muchísimo, sin poder contener el dolor que llevo dentro. Grito. Me miran y yo lloro, lloro y me retuerzo. No puedo seguir viviendo. Me duele el corazón, me duele la vida, me duele su ausencia. No está. No hay rastro. Mi abuela llora, me abraza. Grito. Odio a mi madre. Me odio a mí, me echo la culpa. “¿Porqué salí anoche?”. Rabia.
Lunes. Desesperación. El sueño pesándome en los párpados. Estómago cerrado. Lágrimas incontrolables. Locura. Carteles con su foto, cansancio acumulado. Melancolía. La echo de menos, tanto que me duele todo el cuerpo. Sueño. Cama vacía. Ella no está. Diazepan 5 miligramos. Me despierta mi madre, trae consigo un cachorro, la deja en mi cama para que la vea. La odio, la detesto, no quiero verla. La aparto. “Llévatela de aquí, no quiero otra perra nueva, quiero a mi perra”. Lágrimas.
Martes. Suplico el día libre en el trabajo. Seis de la mañana, paseo buscándola sin éxito. Depresión. Dormito en el sofá mientras la nueva cachorra mordisquea distraídamente la manga de mi sudadera. Dolor. No soporto no verla, la echo de menos. Echo de menos llegar a casa y verla. Dormir con ella y olerla. Buffy huele a sol y a mar, huele a verano. Añoraba ese olor.
Miércoles. Llego. Derrotada. Una llamada. Lágrimas y risa. Abrazos y más lágrimas. La han encontrado. Está viva y está sana. Lady Gaga, 73’50 €. Noche. La veo, ha cambiado, la han convertido en algo que no es, pero sé que es ella. Me ve y viene corriendo a mí. Saluda a mi madre y a mi padre, se vuelve loca ladrando y lamiendo caras. Incredulidad, fascinación, agradecimiento.


Esta sin duda ha sido la semana más angustiosa de mi vida y a la vez que la más feliz. Llevaba una temporada muy deprimida, muy tristona, y este hecho, me ha devuelto la vida. Soy feliz, tan feliz que podría morir. He recuperado a mi medicina, a mi “Buffycoat”, que me ha ayudado tanto en los peores momentos de mi vida, arrancándome una sonrisa y haciéndome compañía las noches más frías. Tengo una perrita preciosa que huele a sol y a mar, huele a verano, huele a esperanza.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Precioso el texto, preciosa buffy y preciosa tu =)

Álvaяо™ dijo...

Me emocioné. Me alegro por ambas :)
¡Saludos!

Vilma Picapiedra dijo...

Preciosa ella más que yo (L)
la verdad es que he tenido MUCHA suerte y no puedo ser más feliz :3