jueves, 6 de mayo de 2010

Un pedazo de mí.

"La noche siguiente cuando fui a tirar la basura, encontré a Ania llorando en las escaleras de su casa, con la cara entre las piernas, tapándose los oídos con ambas manos. Cuando me acerqué, supe de inmediato porque estaba de esa guisa. Sus padres estaban peleándose a voz en grito. La voz del señor Austen era colérica, y las palabras de la señora Austen se arrastraban por el suelo, junto con su dignidad.

- ¡Ey!.- saludé, cauta, pero simpática.
- Ey…- respondió Ania, con la voz rota de dolor. No levantó la vista hasta unos minutos más tarde cuando me dijo.- ¿Puedes sacarme de aquí? ¿Por favor?

Tendí mi mano para levantarla y caminamos hacia mi lugar favorito del mundo. A mi madre no le gustaba que caminase sola por el lago al anochecer, pero supuse que no se enfadaría si le contaba el motivo de la urgencia de sacar a Ania de ese infierno de casa.
No mediamos ni una palabra durante el trayecto, pero cuando llegamos, Ania lo observaba todo con los ojos como platos, perdidos en los millones de estrellas que titilaban en el cielo, estaba asombrada.

- Este.- dije, abriendo los brazos para intentar abarcar la belleza del lugar.- es mi lugar favorito.
- Es… precioso.- susurró, todavía embelesada.
- Normalmente vengo sola, pero, no me importa compartir mis secretos.
- Tranquila, no se lo diré a nadie.- y tendió su brazo para hacer el gesto de juramento. Le sonreí.

Nos quedamos mirando el lago durante largo rato, luego, tumbadas sobre la hierba pajiza, intentamos contar estrellas y unirlas formando animales y objetos que no existían e inventando nombres para cada uno de ellos. Conseguimos juntar cincuenta y cinco estrellas, que formaban una extraña flor, a la que llamamos “Charania”, por que en ese momento, se fundieron nuestras mentes y nuestra imaginación, y decidimos que el mejor nombre inventado eran nuestros nombres fusionados. Me giré sobre mí misma para contemplarla. Era una niña muy guapa, la envidiaba, pero no una envidia mala e insana, me gustaba mirarla, me gustaba su pelo rubio y lacio, porque era lo contrario al mío, marrón y rebelde. Quería quedarme allí para siempre, pero sabía que mamá se enfadaría si llegaba más tarde de las diez, y seguro que eran mucho más tarde, además, ni siquiera había avisado de que me iba. Mis padres estarían preocupados.

- Ania… deberíamos irnos. Nuestros padres estarán preocupados por nosotras.- susurré muy cerca de ella. Hacía frío y cada vez estábamos más juntas, para mitigar el temblor de nuestros cuerpos.
- Habla por tus padres, Charlotte, los míos sólo piensan en sí mismos. Mi madre me odia y mi padre odia a mi madre. Todos los días, todas las noches, a todas horas discuten. No se aman. No quieren a nadie. Y nadie me quiere a mí.- musitó con la voz rota de dolor. Tenía las mejillas llenas de lágrimas que se escurrían hasta su pelo, y se quedaban allí escondidas, para que nadie las viese.
- Yo sí te quiero.- y cogí su mano, para hacer más firme mi confesión.
- Yo también a ti. Gracias por… por esto. Por esta noche. Me has ayudado mucho.- susurró contra mi oído. Apretó mi mano levemente, y se apresuró a levantarse.

Me levanté con su ayuda y anduvimos a paso rápido hacia nuestras casas, donde, a ella le esperaba una madre inconsciente por el alcohol y un padre que se había marchado para no volver."



Cuadro: "El sueño", de Courbet.

1 comentario:

Albanie dijo...

Me encanta :)
Yo también me quedaré por aquí a husmear.