viernes, 21 de mayo de 2010

Algo antiguo. (Y olvidado)

Els teus llavis provoquen descargues eléctriques al meu cos.
Hem tens nua, al teu llit; esperan-te, desijan-te
rabiosa i dolorosament, amb el cor desvocat i la pell desijant els teus bessos.
No puc trovar un altre pensament al meu cap,
necessite tenir-te ara i sempre al meu costat .

lunes, 17 de mayo de 2010

Algo triste.

Sus palabras taladraban mis oídos, sólo quería dejarme caer en el suelo y abrazarme a mí misma, llamar a alguien a gritos, porque necesitaba un médico. Mi corazón estaba roto y me dolía muchísimo. Fue su discurso, el que me hizo enfermar, enferma de rabia y de miedo, mi mente se volvió una locura y mis pesadillas se hicieron realidad. Ahora, con sus ojos clavados en mi rostro, comprendía que todo por lo que yo había luchado se estaba desvaneciendo en el aire, y que, probablemente nunca me amó. No lloré, ni siquiera un poquito, no quería darle el gustazo. Me mantuve muy quieta, muda. Intenté no escucharla y no dejé que me tocase, porque una caricia suya podría ser el motivo por el que mis ojos dejaran de poner resistencia, y acabaríamos por ahogarnos en mis lágrimas. Sólo quería que se marchase.

- Ania, necesito que te vayas.
- No voy a irme a ninguna parte hasta que me digas que estas bien.- sentenció con voz firme, la misma que había utilizado para decirme que nuestra relación se acababa.
- ¿Cómo voy a estar bien?.- pregunté al borde de las lágrimas.- ¿Cómo pretendes que… después de todo este tiempo… de todos estos… años que he vivido para ti…?.- no pude terminar, me quedé sin voz, sin fuerzas, sin vida.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Mente enferma, locuras de amor I.

Me sentía horrible. Destrozada. Emocionalmente atada a la idealización del amor que tenía en mi cabeza. Cada noche acudía a la cabaña con la vana esperanza de que Ania apareciese en cualquier momento y así obtener de ella nada más que el sexo tóxico que me tenía enganchada como un drogadicto a su heroína. Ella era mi marca de heroína y sabía que me hacía daño, sin embargo me veía incapaz de dejarla. Ania venía alguna noche, con el alma derruida, una vez más violada por un hombre al que ella intentaba amar y sentirse amada. Una vez más utilizada, engatusada por mentiras disfrazas de promesas. Cada vez que yo la besaba, cada caricia, era una promesa mía que descartaba una vez finalizado el acto y, después de usarme para su consuelo, me dejaba vacía intentando en vano llenar el hueco de mis entrañas con otro amargo encuentro.
Llenaba mis pensamientos y mis días, y no había una sola cosa en el mundo que no me recordara la suavidad de su piel o el brillo de su melena rubia. Si miraba el mar, evocaba el recuerdo de sus eternos ojos azules, que te congelaban la mente y los sentidos con la escarcha que emanaba de su luz.

martes, 11 de mayo de 2010

Un relato sucio, muy sucio.

No podía conciliar el sueño, llevaba horas mirando el techo, en la penumbra de mi habitación, escuchando la acompasada respiración de Ania, que de pronto, se había vuelto frenética. Alarmada, intenté despertarla, pero estaba soñando y sonreía en sueños. Observé como sonreía y se acariciaba el pecho, mordiéndose los labios y emitiendo algún que otro gemido. Estaba completamente perpleja e hipnotizada ante aquella escena. Vi como poco a poco, su mano bajaba hacia su abdomen y se detenía ahí, sin querer ir más lejos. Como si una barrera invisible le impidiese ir más lejos. Fruncía el ceño, frustrada. Parecía enfrascada en sus pensamientos nocturnos, y yo, a su lado no podía dejar de mirarla. Quería tocarla, pero me daba miedo su reacción. No se si en sueños o medio despierta, susurró mi nombre en un rezo. El corazón me dio un vuelco. ¿Estaba soñando conmigo? Puse mi mano temblorosa sobre la suya, que yacía sobre su ombligo. Se despertó, sin sobresaltarse y me miró. Había muy poca luz, la que apenas se filtraba por la ventana, la luz de la luna y de las farolas encendidas de la calle. Sus ojos me miraban trastornados. Cogió mi mano y se atrevió a hacer lo que no había hecho durante su sueño. La sentí caliente a través de la ropa. Cerró los ojos. Yo, todavía perpleja no sabía muy bien qué hacer. Qué quería que hiciese con mi mano ahí. La acaricié instintivamente, sintiendo como la humedad de su sexo de adhería a la ropa. Temblaba. Abrumada por el instinto sexual, me deshice de su ropa y jugueteé con el elástico de su ropa interior. Ella se acercaba cada vez más a mí, tal vez intentando decirme sin palabras lo que quería que hiciese, pero yo todavía no me decidía a dar el paso. Con una voz que nunca le había escuchado, susurró un “por favor” casi como una suplica, mientras dirigía mis manos hacia donde ella quería. Estaba húmeda y al contacto con mi piel, se estremeció. La acaricié, sin saber si aquello estaba mal o bien, solo sentía que deseaba hacer aquello y que deseaba hacerlo con ella y que, una pequeña tortura se estaba apoderando de mi cuerpo también. Sin pedirle nada, Ania comenzó a tocarme como yo la estaba tocando a ella. Sentí todo lo que sentía cada vez que me abandonaba al placer de mis caricias pensando en Ania, solo que esta vez, era ella misma la que me estaba proporcionando placer, y eso lo hacía más intenso. No sé cuánto tiempo pasó desde que comenzamos hasta que acabamos. Estaba borracha de recuerdos y de sentimientos encontrados y no tardé en sucumbir a la paz y soñolencia después de conseguir algo que llevaba tanto tiempo esperando sin saberlo ni reconocerlo.

Para ti, Frank :)

Mecanismos de defensa. (Algo personal.)

Últimamente estoy utilizando un mecanismo de defensa, muy socorrido en mi vida. Cada vez que algo me sale mal, suelo dejar mi mente imaginar lo que realmente le gustaría que pasase. A primera vista, parece una práctica inofensiva, pero si no tienes cuidado puede acarrear grandes problemas mentales. Sin ir más lejos, por culpa de mis delirios, pasé gran parte de mi pre-adolescencia, enamorada, o lo que yo pensaba que era amor, de un chico, vecino mío, al que no veía nunca y al que, en mi cabeza, le había creado una personalidad y unos rasgos que no eran los suyos de verdad. Así pues, me negaba a salir y a hacer vida social, por el simple hecho de que, estaba “enamorada”. Y era tan fuerte la sensación que, cuando he tenido la oportunidad de conocer y amar a una persona real, la desbancaba porque ya había encontrado a mi “hombre perfecto”. (véase que, tenía trece años y, inducida por la sociedad, y la presión de mis amigas, era hetero).
Ahora, hoy por hoy, lo tengo controlado y solo uso ese mecanismo de defensa, (al que llamo “teatro privado” en memoria de Ana O.) para olvidarme de alguien a quien he querido o amado. Como es el caso. Intento olvidarme de alguien, de dejar de desearla, y de necesitar escuchar su voz y pienso en otra persona, una persona real, pero que no conozco de nada, e imagino como sería la vida que deseo junto a esa persona, y no con la que querría vivir mi vida en realidad.

jueves, 6 de mayo de 2010

Un pedazo de mí.

"La noche siguiente cuando fui a tirar la basura, encontré a Ania llorando en las escaleras de su casa, con la cara entre las piernas, tapándose los oídos con ambas manos. Cuando me acerqué, supe de inmediato porque estaba de esa guisa. Sus padres estaban peleándose a voz en grito. La voz del señor Austen era colérica, y las palabras de la señora Austen se arrastraban por el suelo, junto con su dignidad.

- ¡Ey!.- saludé, cauta, pero simpática.
- Ey…- respondió Ania, con la voz rota de dolor. No levantó la vista hasta unos minutos más tarde cuando me dijo.- ¿Puedes sacarme de aquí? ¿Por favor?

Tendí mi mano para levantarla y caminamos hacia mi lugar favorito del mundo. A mi madre no le gustaba que caminase sola por el lago al anochecer, pero supuse que no se enfadaría si le contaba el motivo de la urgencia de sacar a Ania de ese infierno de casa.
No mediamos ni una palabra durante el trayecto, pero cuando llegamos, Ania lo observaba todo con los ojos como platos, perdidos en los millones de estrellas que titilaban en el cielo, estaba asombrada.

- Este.- dije, abriendo los brazos para intentar abarcar la belleza del lugar.- es mi lugar favorito.
- Es… precioso.- susurró, todavía embelesada.
- Normalmente vengo sola, pero, no me importa compartir mis secretos.
- Tranquila, no se lo diré a nadie.- y tendió su brazo para hacer el gesto de juramento. Le sonreí.

Nos quedamos mirando el lago durante largo rato, luego, tumbadas sobre la hierba pajiza, intentamos contar estrellas y unirlas formando animales y objetos que no existían e inventando nombres para cada uno de ellos. Conseguimos juntar cincuenta y cinco estrellas, que formaban una extraña flor, a la que llamamos “Charania”, por que en ese momento, se fundieron nuestras mentes y nuestra imaginación, y decidimos que el mejor nombre inventado eran nuestros nombres fusionados. Me giré sobre mí misma para contemplarla. Era una niña muy guapa, la envidiaba, pero no una envidia mala e insana, me gustaba mirarla, me gustaba su pelo rubio y lacio, porque era lo contrario al mío, marrón y rebelde. Quería quedarme allí para siempre, pero sabía que mamá se enfadaría si llegaba más tarde de las diez, y seguro que eran mucho más tarde, además, ni siquiera había avisado de que me iba. Mis padres estarían preocupados.

- Ania… deberíamos irnos. Nuestros padres estarán preocupados por nosotras.- susurré muy cerca de ella. Hacía frío y cada vez estábamos más juntas, para mitigar el temblor de nuestros cuerpos.
- Habla por tus padres, Charlotte, los míos sólo piensan en sí mismos. Mi madre me odia y mi padre odia a mi madre. Todos los días, todas las noches, a todas horas discuten. No se aman. No quieren a nadie. Y nadie me quiere a mí.- musitó con la voz rota de dolor. Tenía las mejillas llenas de lágrimas que se escurrían hasta su pelo, y se quedaban allí escondidas, para que nadie las viese.
- Yo sí te quiero.- y cogí su mano, para hacer más firme mi confesión.
- Yo también a ti. Gracias por… por esto. Por esta noche. Me has ayudado mucho.- susurró contra mi oído. Apretó mi mano levemente, y se apresuró a levantarse.

Me levanté con su ayuda y anduvimos a paso rápido hacia nuestras casas, donde, a ella le esperaba una madre inconsciente por el alcohol y un padre que se había marchado para no volver."



Cuadro: "El sueño", de Courbet.