lunes, 4 de enero de 2010

Arrepentimiento moral.

Hacía mucho, muchísimo tiempo que no sentía una rabia tan ardiente y devastadora como la que he sentido hoy. La impotencia de no tener mi futuro en la palma de la mano, de no tener los medios para irme lejos y no mirar atrás. Es lo que me gustaría, olvidarme de todo y empezar de cero. Sobretodo olvidarme de mi madre, que me amarga la existencia cada vez que tiene ocasión. No tengo la típica rabieta adolescente, hay cosas que sí sé que merezco, pero todo tiene un límite. Yo tengo un límite de paciencia, y el vaso está casi a rebosar, amenazando con desbordarse de cualquier forma, sin importar las consecuencias.
Hoy he llorado y he gritado en soledad hasta desgastarme los pulmones. Me he tapado la cara y he desatado la ira en forma de sollozos y arrebatos coléricos que tenían que haber salido de mí hace mucho. Ya no cabía más paciencia en mí interior.
Me escuece la garganta de las palabras que me quemaban en la boca, las he dejado salir, sin importarme lo que pasaría. Sin pensar. Ahora, tonta de mi, me duele el alma. El arrepentimiento es lo que tiene, es la tortura de la persona humana.

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