domingo, 13 de diciembre de 2009

Vida.



La vida. Cuando le he visto, inevitablemente he sentido una oleada de ternura que me ha sacudido todo el cuerpo. Es la vida en carne y hueso. En carne blanda y pálida y pequeños huesos de niño. Estaba calladito, con los ojos cerrados, ausente del mundo. Recibiendo todas las atenciones y mimos. No podía dejar de mirarlo, de entrelazar mis dedos en sus manitas y dejar que los apretase con ansia. De vez en cuando se tocaba la cara, tímido y bostezaba. Entonces todos hacíamos “Ohhhh” con voz atontada. Lo típico, y nunca me cansaré de hacerlo. Me he pasado la tarde haciéndole fotos y más fotos. Me daba miedo cogerlo, porque no soporto ver a los niños llorar, así que he optado por observarle sin descanso, con expresión cariñosa y amor en los labios cada vez que le besaba. No le conozco, no he hablado con él, no he tenido un momento a solas con él para abrazarlo y olerlo. Pero ya le tengo cariño. Y además, tiene mi nariz, el gen dominante de los Mercader. Adorable.

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